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Libros sobre libros

domingo, 31 de marzo de 2013

Foto: royalbooks.com
  Un fantasma recorre los estantes de las librerías del mundo, atestadas últimamente de recurrentes ejercicios de algo parecido a la ficción bibliográfica: libros sobre libros pensados pero no escritos, sobre libros escritos pero no publicados, publicados pero no leídos (ni por el editor), leídos pero olvidados en anónimos cementerios... Desdibujada la realidad, la bibliofilia se convierte en excusa y refugio, no tanto síntoma de una supuesta enfermedad senil de la literatura cuanto nueva forma de parafilia. Una parafilia, eso sí, muy rentable.

  Y, con este ruido de fondo, se multiplican las taxonomías según pintorescos criterios, se establecen cánones y parentescos inopinados, determinados, parecería, sólo por el gusto o el disgusto, las filias o las fobias. Si hace un siglo se mareaba la perdiz con el "malditismo", ahora lo que prima es la "rareza", la excepcionalidad convertida en valor casi único. Se hace subir a los altares literarios, se "recuperan" o "redescubren" libros y autores que necesariamente tienen que estar rodeados de cierto halo de misterio  -secreto biográfico, tara personal-, o ser "de culto", o peor todavía, cool. 


Vicente Campos, prólogo a "La parcela de Dios", de Erskine Caldwell, Navona ed. 2008


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Algo tiene el agua...

sábado, 25 de febrero de 2012

Cuando la persona que te salvó de suspender media carrera de filología, ergo, estudiando en el Opus, te ahorró mucho dinero, con un -pedazo de- doctorado en literatura de cuyo nombre no puedo acordarme, te regala Los juegos del hambre, es que algo tienen los puñeteros. Lo mires por donde lo mires. Y mira que esa persona, ella, para más señas, y yo hemos discutido un rato de "liburus", argumentos, justicias poéticas varias y sombras del viento diversas... Héteme aquí que sus manos ponen en las mías una novela de "ciencia-ficción adulto-juvenil" (Wikipedia dixit) y no sé si alucinar, asustarme o llorar de felicidad. Me avisa muy prudentemente -muy ella- de que el libro no es precisamente una obra literaria, porque ella no clasifica entre literatura de tal o cual nivel, sino entre literatura o entretenimiento, algo que compartimos aunque las delimitaciones de ambos bandos sean motivo de disputa constante. Resulta que media adolescencia de secundaria obligatoria anda metiéndose la trilogía en vena por los rincones "y los profesores también", me confiesa. Todavía no le he hincado el diente, pero ya huele que apesta a una de esas obras a las que hay que agradecer su contribución máxima al fomento de la lectura. 

Prueba: escribid "The Hunger Games" en la búsqueda de You Tube.

Sumad las reproducciones de las cuatro primeras entradas del vídeo oficial de la película... por estrenar.

A mí me salen más de 18.000.000. 


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De best-sellers y méritos literarios.

jueves, 29 de diciembre de 2011

En una joya que me han regalado (ver reseña), y de la que puedo estar sacando citas -de diversos temas- hasta Sanfermines del 2015, he encontrado estas reflexiones sobre los best-sellers, las cuales dan forma perfecta a lo que siempre he pensado del asunto. He subrayado la frase que se podría tatuar en la frente de más de una mente preclara que da por hecho que el número de ejemplares vendidos es inversamente proporcional al valor literario de una obra.

Cuando un libro ha tenido éxito, la idea de que no puede ser bueno es un prejuicio tan estúpido como la convicción de que debe ser bueno. La experiencia lo demuestra constantemente: del triunfo comercial de un libro -o de su completo fracaso- no cabe deducir nada respecto a su valor literario.
La relación entre la excelencia o la pertinencia de una obra literaria y el número de sus lectores en un momento dado no es una relación causal: es un capricho imprevisible.

       Simon Leys, La felicidad de los pececillos, Barcelona, Acantilado, 2011. 

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Por qué es importante Ken Follet

domingo, 4 de septiembre de 2011

Para una generación de cachorros lectores que deslizaron con trece o catorce años de la balda de libros de sus padres La clave está en Rebeca para devorarla, Ken importa. Vaya que sí. Ahora que veo que Harold Bloom leía y entendía Moby Dick con 11 años y poesía en yiddish antes de eso quiero dejar claro que no es mi caso, no sé el vuestro. A los trece o catorce años no sabía quién era Herman Melville y su obra maestra no la he leido jamás. A esa edad encontrar el dominio de tensión sexual -y posterior culminación- de los librillos de Ken es lo que hace que busques más. Que leas más. Tampoco es lo mismo conocer a Waleran Bigod antes de los dieciocho, ni de broma. Los pilares tienen las ganas, el ritmo y la documentación justa para -y ahí es nada- influir en la percepción de la Edad Media de toda la cuadrilla. Ken ha vendido lo que no está en los escritos, es cierto, pero ha fomentado la lectura más y mejor que cualquier campaña institucional ad hoc. Una vez descubrías "la clave" seguías con Triple, La isla de las tormentas y Noche sobre las aguas de un tirón y sin avituallamiento. También tropezabas con sus bodrios y con otro de los valores de Follet: el deterioro de su fórmula promovía la construcción de un criterio lector, aprendías a discriminar. Ya no te valía cualquier cosa que echarte a los ojos. Esos contratos editoriales tipo "me fabricas un libro al año sí o sí y a poder ser para la campaña de navidad" han hecho mucho daño a las letras impresas y han dado mucha pasta a unos pocos, estamos de acuerdo, pero decir que el consumo de best-seller lleva al suicidio intelectual " haciendo que los lectores se despeñen en el océano gris de Internet" como axioma es una gilipollez, Harold. No soy la única que llegó a Shakespeare o a Lope por la puerta de atrás. El caso es llegar. Y gracias a Internet puedo acceder a cosas como ésta. Si quiero, claro.


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